Preludio a la batalla por Agarthi
Océano Índico.La tormenta arreciaba a cada instante y los restos de cristales se tambaleaban sobre el tablero. El rugir de las olas y el viento era insoportable, dejándose sentir hasta los huesos. Kevin y el Doctor Kepler Qwerty apenas podían mantener el rumbo del barco. Apenas podían respirar y mantenerse de pie. Más allá de la cubierta era imposible divisar algo. La poca energía y magia del muchacho y su amigo mantenían al navío en una sola pieza, tras el ataque de las Criaturas Obscuras.
Tan sólo habían pasado un par de horas, pero la nave estaba exhausta y sin combustible, arrastrada a la deriva y sin instrumentos, buscando que la suerte los llevase aquella noche hacia la costa o aguas más tranquilas. Todo iba de mal en peor desde el encuentro con Mubak; y el ánimo de Kevin estaba por los suelos.
El Doctor, trabajosamente, consiguió trabar el timón atando restos de soga y cabos a éste. No había más que hacer, sólo esperar que su intuición por seguir ese rumbo no fallara. Kevin observó en el titilar de las luces de la nave cómo sangraba el doctor por un costado. La herida era seria.
Asegurándose de la confiabilidad de la cuerda, y con la reserva de revisarla tras sólo minutos, Kevin hizo señas al doctor, mientras gritaba sin ser escuchado para que ambos pudieran refugiarse algunos minutos bajo cubierta.
Al cerrar de la puerta, el rugido cesó casi del todo, pero mantuvo su presencia discretamente, filtrándose como ecos y quejidos de la nave; recordando a los magos el mantenerse alerta. Ambos estaban extenuados y escurrían agua profusamente.
—¡Todo esto es mi culpa!— dijo Kevin, rendido, recargando su cuerpo y cabeza contra la puerta y dejándose deslizar lentamente al piso.
—No hay tiempo para esto, Kevin. Debemos salir de ésta —dijo Kepler, pálido y tratando de conservar sus fuerzas.
—¿¡SIN EL K'AZ IN VOL?! ¿¡Con el mar en Negro!?
Los voz de Kevin se quebró en rabia. El muchacho sabía lo que estaba en riesgo con el portal dimensional en manos de Mubak. Sabía que el Rey del Mundo y todo Agharti estaban condenados por su error.
Tanto tiempo, tantas oportunidades y no había conseguido reunir al Consejo de Magia.

Pensó brevemente en Mayari y todo su entrenamiento. Los últimos años al lado de Karen... De todas las ocasiones, pensó entonces qué sencillo sería todo si pudiese haber vivido una vida normal, sin magia ni misiones u objetos que encontrar por el mundo. Viviría en casa y no tendría problemas, no habría peligros o tormentas. Sería una buena persona y ayudaría a los demás cuando pudiese.
Kepler continuaba sangrando.
Estaría en casa descansando muy cómodo. Tal vez podría compartir su vida con alguien especial. Y recordó a Mayari y a Ridgen... habían confiado sus vidas, y las del mundo a él. Él mismo había aceptado la responsabilidad.
—Ke...vin... Tú debes... sal...varte.
Su cuerpo no respondía. Sus ropas estaban rasgadas. Su magia, la totalidad de lo que quedaba, no funcionaría en ese momento, con ese espíritu decaído. Estaba congelado y exhausto. Ridgen no podría encontrarlo. El barco se mecía sin sentido y crujía sin cesar. No podía sentir sus manos. ¿¡Qué estaba pensando!? Tenía miedo... Y todo dependía de él... Su vida y la de Kepler, Ridgen, Karen, Agarthi y todas las personas y lugares que había conocido a lo largo de sus viajes.
—No —el muchacho se incorporó sin pensarlo—, debemos intentarlo LOS DOS, Doctor.
El Docor Qwerty no escuchó las palabras de su amigo y cayó inconsciente. Kevin sabía que debía actuar rápidamente si quería salvar a su maestro.
La vida de La Magia, pensó Kevin mientras examinaba la herida del doctor y trataba enérgicamente de reanimarlo, es una vida que no es igual a las demás, es una vida como la de los cómics de Allan y Max Stevens que había leído miles de veces durante su infancia, donde el superhéroe antepone su vida y comodidad a la de los demás. El mago es también un ser de amor que está por encima de la cotideanidad, los hábitos y las costumbres. El mago sabe de ilusiones y por eso puede ver sobre ellas.
Kevin lo sabía, ya no tenía 19 años, y su vida había cambiado radicalmente a la comodidad en Boston, a la vida en casa y los paseos. Tras su paso por más de una docena de países e incontables aventuras, éste sobre otros, debía ser un momento de decisión donde el muchacho confirmaría la elección del Rey del Mundo como su elegido. Como una persona que ha aprendido a dar su vida y vivir por los demás.
En esta ocasión no había misterios... más allá de su nariz. Él era la llave. Él y Gaia tenían algunos acuerdos. Y sólo debía intentarlo una vez más. Ser uno con Gaia. No sabía con seguridad cómo sobreviviría a la noche y la cortina de obscuridad que se cernía sobre él y el Doctor. Por lo menos, la hemorragia estaba cesando, aunque Kepler aún necesitaba ayuda médica... o mágica. Confiaba en que su espíritu lo llevaría por el camino correcto.
Una vez más, el muchacho pensó en sus amigos, confiaba en que cruzarían Nepal para llegar al portal y estarían allí, esperando su llegada.
En ese mismo instante, a muchos, muchos kilómetros de distancia, las estrellas se reflejaban vagamente sobre el obscuro cabello de Karen, confundiéndose con las hojuelas de nieve que caían suavemente sobre ella. La chica, que no podía conciliar el sueño e ignorar sus propias dificultades, supo en ese momento que Kevin también lo lograría. Una parte de su corazón descansó, entonces.
Tomó la flauta mágica y comenzó, observando el horizonte, a entonar una melodía que hizo que todo en la Tierra y los Reinos Subterráneos se estremeciera de paz.
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© Mauricio Cosío
(Tomado de Green y sus Tenis Mágicos)
Labels: Alex Palomares, Comics, Green, Ka-Boom, Projects

2 Comments:
buaaaaaaaaaaaa puras probadas, buaaaaaaaaaaaa ojala pronto tengamos la oportunidad de leer la continuacion...
salu2
Je je je... En eso andamos trabajando mi buen Burro. Prometo darles 'teasers' más en forma muy pronto. ;-)
Un abrazo!
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M.
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